El circuito del placer

Entre las funciones de la dopamina están el control de la atención, el aprendizaje, la regulación del humor, la motivación y la recompensa

exito-negocios

El circuito de recompensa o circuito del placer es un sistema imprescindible para la supervivencia. Preserva al ser humano de los peligros, del dolor, acercándolo al placer y  motivándolo en la consecución de sus necesidades más básicas. Este sistema es el principal implicado en las adicciones, considerándose su alteración la causa biológica principal de los síntomas de dependencia física.

Podemos imaginar al Sistema Nervioso Central como si fuera nuestro país cuyas divisiones son ciudades, provincias y comunidades autónomas. Las neuronas, tractos y fascículos que comunican las diferentes áreas, núcleos y estructuras serían comparables a las carreteras y autopistas que comunican pueblos y ciudades (Ambrosio Flores, 2009). En esta analogía el circuito de recompensa sería el equivalente a una comunidad autónoma, cuyas capitales principales son el área tegmental ventral, la amígdala, el núcleo accumbens y áreas frontales de nuestro cerebro. De su integridad y buena comunicación depende en gran parte el comportamiento adaptativo del ser humano y su supervivencia.

Los habitantes de esta comunidad que hemos representado son los neurotransmisores. Aunque existen alrededor de 63 tipos de neurotransmisores pertenecientes a diferentes familias según las funciones que desempeñan, focalizaremos nuestra atención en la Dopamina, el neurotransmisor del placer y principal habitante del circuito de recompensa.

La Dopamina nace en el área tegmental ventral y desde ahí viaja a diferentes partes de nuestro cerebro para realizar su trabajo. Entre sus funciones están el control de la atención, el aprendizaje, la regulación del humor, la motivación y la recompensa. El trabajo en equipo y la cooperación son hechos indiscutiblemente necesarios, motivo por el que el ser humano es el mejor adaptado y más evolucionado de todas las especies. Del mismo modo, la dopamina no trabaja sola, sino que requiere de la participación de otros neurotransmisores -como la serotonina, la acetilcolina, la adrenalina o el Glutamato, entre otros-, así como de la buena acogida de los receptores, encargados de activar sus funciones en las diferentes áreas cerebrales, algo similar a la presión de un interruptor que activa un circuito.

En buena sintonía, este circuito de recompensa funciona como una máquina bien engrasada en la que la dopamina cumple su función de forma natural. Son muchas y variadas las situaciones naturales que generan placer; un logro deportivo, intelectual, disfrutar de un concierto de música, un reencuentro inesperado con alguien a quien apreciamos, la comida o el sexo. Se podría decir que contamos con una especie de farmacia natural que se activa en momentos determinados durante unos instantes que, efectivamente, son pasajeros y de nosotros depende un funcionamiento óptimo y saludable. Las drogas, por el contrario, activan al circuito de recompensa de forma sintética y artificial, estimulando la dopamina en esta misma vía y obteniendo placer de manera más rápida, intensa y prolongada que de forma natural.

Lo que ocurre en el circuito de recompensa de una persona que consume sustancias de forma recurrente es una disregulación, una alteración en la neurotransmisión dopaminérgica que se produce por exceso y por defecto, necesitando cantidades cada vez más altas de sustancia para mantener cierto equilibrio y estabilidad.

Se trata de un sistema muy sensible y reactivo y dispone de su propia memoria interna, la amígdala, de modo que tras el consumo repetido de drogas “aprende” de forma patológica a desencadenar las conductas de búsqueda de droga y “recuerda” cómo hacerlo cuando se encuentra con indicaciones internas como el craving y la abstinencia, así como las cuestiones externas del entorno como personas, lugares y la parafernalia asociada con el uso pasado de drogas. Se produce un secuestro de los mecanismos normales de aprendizaje que se puede entender con el concepto de “aprendizaje diabólico” (Stahl, 2008). Este proceso patológico es automático, no consciente y guiado a través de la amígdala por el aprendizaje de la recompensa y el recuerdo del placer.

Existe una forma competitiva de vencer este “aprendizaje diabólico” en el sistema de recompensa. Como se ha mencionado al principio de este artículo, en este sistema también está involucrada la corteza prefrontal, área encargada del análisis de la situación, del razonamiento y el juicio reflexivo, de la valoración de consecuencias, la toma de decisiones y el control de las emociones: es el “aprendizaje virtuoso”. Este se construye y se mantiene a lo largo del tiempo en base a la genética, el desarrollo, la experiencia y el aprendizaje de las reglas sociales. Cuando está plenamente desarrollado y funcionando adecuadamente, este sistema reflexivo puede proporcionar también motivación para perseguir experiencias de recompensa más naturales, como la educación, los triunfos, los reconocimientos, el desarrollo profesional, el enriquecimiento social o los lazos familiares (Stahl, 2008).

Autora: África Brasó

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s